La Guerra De Los Mundos (1953) (V.O.S.E.) (“The War Of The Worlds”)

También está posteada en versión doblada. Para ir hasta allí pulsa este Link


(Título Original: “The War Of The Worlds”)

Sinopsis:

Un meteorito cae cerca de una población norteamericana, pero al poco queda patente que no es lo que parece, sino un cilindro conteniendo máquinas de guerra marcianas. Más “viajeros del espacio” caen en distintos lugares de la Tierra, estratégicamente dispuestos, y comienzan la invasión desde Marte… 


Ficha Técnica

Director: Byron Haskin / Productor: George Pal para Paramount / Guión: Barré Lyndon, según la novela de H. G. Wells / Fotografía: George Barnes / Música: Leith Stevens / Efectos especiales: Gordon Jennings, Wallace Kelley, Paul K. Lerpae, Ivyl Burks, Jan Domela, Irmin Roberts; pinturas espaciales: Chesley Bonestell; efectos de explosiones: Walter Hoffman / Montaje: Everett Douglas / Dirección artística: Al Nozaki, Hal Pereira / Intérpretes: Gene Barry (Clayton Forrester), Ann Robinson (Sylvia Van Buren), Les Tremayne (general Mann), Robert Cornthwaite (doctor Pryor), Sandro Giglio (doctor Bilderbeck), Lewis Martin (reverendo Collins), Cedric Hardwicke (narrador), Jack Kruschen, Alex Fraser, Anne Code, Charles Gemora, Paul Frees, Ivan Lebedoff, Paul Birch, Charles Gemora… / Nacionalidad y año: USA 1953 / Duración y datos técnicos: 82 min. color.



Comentario

En 1950 nacía la Edad de Oro del cine de ciencia-ficción. Ese mismo año, George Pal (1908-1980), un emigrante húngaro, iniciaba con éxito su etapa de productor de ese género por medio de Con destino a la Luna (Destination: Moon), de Irving Pichel. En los años consecutivos, nuevos títulos se unirían a ese peculiar ciclo, caracterizado por plasmar en un ámbito distinto los conocimientos y técnicas que adquirió ejecutando una serie de cortos de animación de marionetas, desde su debut como animador con Aladin (1934) hasta el largo El pequeño gigante (Tom Thumb, 1958), dirigido por él mismo, versión del cuento “Pulgarcito” con actores reales pero donde intercalaba sus mágicos y deliciosos puppetoons. Ese referido ciclo de ciencia-ficción alcanzaría el punto más álgido con La guerra de los mundos, versión de la famosa novela de Herbert George Wells publicada en 1897.

Con anterioridad cabe apuntar que en 1938, antes de debutar como director con la magistral Ciudadano Kane (Citizen Kane, 1941) -considerada por muchos estudiosos como la mejor película de la historia del cine-, Orson Welles (1915-1985) efectuó para el «Mercury Theatre», un programa de adaptaciones de clásicos literarios para la radio, una versión de la novela de Wells de la que aún hoy se oye hablar. En efecto, el genial realizador de El cuarto mandamiento (The Magnificent Ambersons, 1942) convirtió la novela de ciencia-ficción en un reportaje radiofónico que escenificaba en directo la invasión de la Tierra por parte de marcianos belicosos, provocando el caos en gran parte del país, que creyó que todo era auténtico.

No cabe duda que el guionista Barré Lyndon se inspiró tanto en La guerra de los mundos de Wells como en la de Welles para escribir el libreto de esta producción de George Pal, que trasladaba la acción a los Estados Unidos contemporáneos. Traslación muy acertada, porque si la versión radiofónica surgió en un momento tenso de la historia, con la Segunda Guerra Mundial aleteando en el ambiente, los años 50 eran también una etapa muy específica para el pueblo americano, inmerso en una tan abstracta como, al tiempo, real Guerra Fría contra el invasor comunista. En 1950 estallaba la guerra con Corea, y ese mismo año, en febrero, el tristemente famoso senador Joseph McCarthy manifestaba que el departamento de Estado era un nido de infiltrados comunistas. La cosa estaba candente, y el pueblo americano temía una invasión roja: ¿qué mejor momento para plantear una conquista desde el Planeta Rojo?

La histeria del momento se ve magníficamente reflejada en el film, casi una metáfora de aquellos tiempos. Los marcianos eran abstracción de ese peligro comunista al que hacíamos referencia, y otro peligro, el atómico, también estaba presente en el desarrollo de la cinta: los marcianos vienen en naves que desprenden radiactividad, y cuando el armamento tradicional no hace mella en la flota extraterrestre, se recurre a una bomba atómica que supone una exacta réplica al ataque que efectuaron los estadounidenses contra Hiroshima y Nagasaki; sólo que aquí la ofensiva no tiene éxito, y los invasores prosiguen el avance. El que una película de estas características pues, glorifique al ejército, y lo muestre como la única defensa posible ante un peligro más o menos cierto, es algo perfectamente comprensible. Sólo que esta vez tampoco el ejército sirve. Para ello se recurre a la trama de la novela, pero con una peculiar variación, que al ateo Wells nunca se le hubiera ocurrido: el último reducto de la Humanidad se halla guarecida en las iglesias, donde reza a un Dios que parece haberlos olvidado, con el objetivo de que produzca el fin de aquel horror que se ha abatido sobre Su pueblo; en ese instante las naves marcianas caen a tierra y sucumben ante la acción de otro ejército, éste invisible: las bacterias que desde eones habitan entre nosotros y a las que somos inmunes, pero contra las cuales la sangre marciana no tiene defensas. 



Tan prístina parábola del miedo informe que entonces moraba entre los americanos se ve servida con sobriedad inmediata por un artesano aplicado e industrioso: Byron Haskin (1899-1984). Antiguo operador, que debuta como director en 1927 con Matinee Ladies -aunque las filmografías suelen olvidar los cuatro films que rodó aquel año, y marcan como el inicio de esa etapa el film noir Al volver a la vida (I Walk Alone, 1947)-, su carrera como realizador se ve anegada con películas policíacas, del oeste, de aventuras…, hasta que, justo tras el éxito de Su majestad de los Mares del Sur (His Majesty O’Keefe, 1953), al servicio del gran Burt Lancaster, Pal lo contrata para dirigir esta película. Haskin se olvida de peligros abstractos y los convierte en reales, filmando la película, por una parte, como si de un film bélico se tratara, con escenas de batallas impresionantes y de un realismo atroz. Los momentos intimistas, por el contrario, los rueda con un tratamiento de film de misterio, casi de terror, donde son míticos los momentos en los cuales Gene Barry y Ann Robinson se ven acechados en la granja por, primero, el gran ojo marciano y, después, por un representante vivo del Planeta Rojo. Curiosamente, el carácter religioso al que antes aludíamos se ve representado de una forma muy peculiar: el tío de la protagonista, clérigo, intentará conferenciar con el enemigo, pero éste lo atomiza sin contemplaciones: los marcianos son ateos. Imaginamos que en la época en que se rodó la película la escena resultaría tan atroz para el público como mostrar la muerte de un niño, mas hoy día no puede sino provocar la carcajada -o, al menos, la sonrisa-. En los momentos finales, cuando la esperanza parece perdida, Gene Barry va en busca de su prometida de iglesia en iglesia -pues un trauma infantil logró consuelo en el soportal de una parroquia-. Los supervivientes heridos hallan consuelo entre los bancos derrumbados del edificio religioso, los amantes se reúnen, mientras un sacerdote reza por la salvación; el magistral technicolor de George Barnes ofrece en esos instantes una iluminación expresionista, jugando con las sombras de un modo increíble -tal como hacía William Cameron Menzies, su verdadero autor, en Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939), en la escena, precisamente, del socorro a los heridos en una iglesia, genio incomprendido que después dirigiría, precisamente, Invaders from Mars [tv/vd: Los invasores de Marte, 1953]-; los claroscuros ensombrecen los rostros de los personajes torturados, y en unos momentos increíbles se muestran las vidrieras religiosas iluminadas por el resplandor de los cañones marcianos. Todo, pues, no es tan nítido como parece: ni el ejército es la salvación que semeja, y la iglesia no supone el solaz que aparenta.

La novela de Wells, por supuesto, se ve variada en distintos aspectos. El más obvio -amén del cambio de época y lugar ya referidos- supone la incorporación de la chica a la trama, si bien cabe señalar que, al contrario que en muchas ocasiones, aquí no chirría ni molesta en absoluto. Los marcianos apenas son mostrados, por un lado, para inferirles un grado de misterio, por otro, por evidentes cuestiones de censura -la acción depredadora de los invasores es detallada con exactitud por el autor de El hombre invisible (The Invisible Man, 1897), y por otro, por cuestiones de presupuesto y medios, que impiden una plasmación más o menos convincente de la apariencia de los invasores-. Hay que señalar, sin embargo, que la película supone una gran producción para la época -dentro de los cánones misérrimos que se otorgaban al género de ciencia-ficción-, y los efectos especiales son de una calidad espléndida, percibiéndose que el presupuesto ha sido gastado, principalmente, en conseguir un alto logro de los mismos (el 70 % del presupuesto, de hecho, se destinó a los mismos), empleándose, por ejemplo, característicos (pero muy convincentes) actores de serie B procedentes de los westerns de la época. Pero el cambio más palmario supone la sustitución de la segunda parte de la novela, que supone casi una reflexión interiorizadora de carácter socio-político -tal como siempre acaece, también, con otra gran obra de Wells, La isla del doctor Moreau (The Island of Doctor Moreau, 1896)- por nuevas incidencias de temple más espectacular: los marcianos siguen abatiendo la ciudad, los supervivientes se dedican al saqueo, y los amantes van en busca el uno del otro: había que contentar al gran público; sólo que eso se hace con materiales de primer orden.

Esta versión es un dvdrip de alta calidad con subtítulos incrustados. Se ve que da gusto… verla.




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One response to this post.

  1. Posted by MAURICIO PIEDRA MURILLO on 30/03/2012 at 17:51

    HAY UN PROBLEMA, EL ENLACE A LA PARTE 8 (RAPIDSHARE) NO ESTA DISPONIBLE.

    Responder

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