La Mujer Invisible (1940) (V.O.S.E.) (“The Invisible Woman”)

sinopsis

El profesor Gibbs inventa una máquina que puede hacer invisible a la gente, y la usa con Kitty Carroll, una atractiva y aventurera modelo. Pero unos gansters roban la máquina para su jefe, así que tendrán que enfrentarse a la mujer invisible……

Ficha Técnica

Director: A. Edward Sutherland / Productor: Burt Kelly, para Universal / Guión: Robert Lees, Fred Rinaldo y Gertrude Purcell, sobre una historia de Kurt Siodmak y Joe May / Fotografía: Elwood Bredell / Montaje: Frank Gross / Efectos especiales: John P. Fulton, David S. Horsley / Música: Frank Skinner / Intérpretes: Virginia Bruce (Kitty Carroll), John Barrymore (Profesor Gibbs), John Howard (Richard Russell), Charlie Ruggles (George), Oscar Homolka (Blackie), Edward Brophy (Bill), Donald MacBride (Vozarrón), Margaret Hamilton (Sra. Jackson).,… / Nacionalidad y año: USA. 1940/ Duración y datos técnicos: 72 min. B/N 1.37 : 1 (V.O.S.E.)

Comentario

‘La mujer invisible’ (‘The invisible woman’, A. Edward Sutherland, 1940), estrenada en los Estados Unidos el 27 de diciembre de 1940, casi un año después que ‘El hombre invisible vuelve’ (‘The invisible man returns’, Joe May, 1940), no mantiene, más allá del título, ninguna relación con el filme dirigido por James Whale en 1933 ni con ninguna de sus continuaciones, aún menos con el célebre original literario de H. G. Wells. Se trata de un simpático pero fallido filme fantástico que anticipa en buena medida el camino que seguirán algunos años más tarde los filmes basados en la invisibilidad y también todo el ciclo terrorífico de la Universal: el humor.

Joe May (1880–1954) y Kurt Siodmak (1902–2000), director y guionista de ‘El hombre invisible vuelve’, aparecen acreditados como argumentistas del filme, hecho bastante curioso, aunque el guión definitivo viene firmado por los futuros guionistas de las comedias terroríficas ‘El gato negro’ (‘The black cat’, Albert S. Rogell, 1941), ‘Agárrame ese fantasma’ (‘Hold that ghost’, Arthur Lubin, 1941) y ‘Contra los fantasmas’ (‘Abbott and Costello meet Frankenstein’, Charles T. Barton, 1948), Robert Lees (1912–2004) y Fred Rinaldo (1913–1992), con la colaboración de Gertrude Purcell (1895–1963). Resulta difícil imaginar si el proyecto inicial contemplaba el tono de comedia más o menos sofisticada, pero en el fondo maniquea y previsible, que domina todo el metraje. En un sentido estricto, no se puede decir que la historia que subyace en el fondo de ‘La mujer invisible’ carezca de buenas ideas, más bien al contrario: prescindiendo por completo del estilo y las características de la película fundacional de la serie, la historia presenta numerosos elementos nuevos y originales. La invisibilidad se consigue con una droga como en el resto de títulos de la serie, sí, pero ahora es una droga que actúa en combinación con una aparatosa y muy sofisticada máquina diseñada por un excéntrico inventor, el Profesor Gibbs (John Barrymore, 1882–1942) –la persona a “invisibilizar”, así, debe situarse detrás de una especie de pantalla parecida a la que se utiliza en los Rayos X, hacia la cuál se dirigen los rayos de la máquina en cuestión–. Gibbs trabaja a sueldo, es un decir, de un más bien ridículo gigoló, Richard Russell (John Howard, 1913–1995), que ha ido dilapidando la fortuna familiar de romance en romance, y de demanda en demanda.

No se puede decir que la historia que subyace en el fondo de ‘La mujer invisible’ carezca de buenas ideas, más bien al contrario: prescindiendo por completo del estilo y las características de la película fundacional de la serie, la historia presenta numerosos elementos nuevos y originales.
De manera sorprendente, el primer cuarto de hora de metraje resulta modélico: el director A. Edward Sutherland (1895–1974) imprime al relato un ritmo endiablado y presenta a los distintos personajes que intervienen en la acción de manera espléndida en prácticamente una sola secuencia: el mayordomo de Russell, George (Charles Ruggles, 1886–1970), resbala por las escaleras con una botella de champán vacía segundos antes de que el administrador de la familia haga acto de presencia en la mansión para comunicar a su propietario la bancarrota económica tras su último lío de faldas; Richard Russell aparece poco después vestido como si fuera a una fiesta y sin en el menor atisbo de preocupación, y por el diálogo conocemos la existencia de Gibbs –“lo heredé de mi padre”, dice el ya exmillonario–, que vive en una casa contigua a la mansión.

El problema, a partir de este momento, radica en el tratamiento de la historia, o mejor en su inexistente tratamiento: establecidas las coordenadas en las que se va a desenvolver el relato, éste no acaba de progresar en ningún momento y sus ideas más interesantes, incluso su nada desdeñable potencial cómico, se diluye en un mar de tópicos y de lugares comunes hoy ya completamente desfasados. Intentando rescatar a su patrocinador de la ruina económica, el Profesor Gibbs publica un anuncio en el periódico: “Se busca una persona que quiera volverse invisible, sin remuneración”. La única respuesta seria que obtiene es de alguién llamado K. Carroll: Gibbs está convencido de que se trata de un hombre, pero en realidad es una mujer, Kitty (Virginia Bruce, 1910–1982), que sólo pretende hacerse invisible para dar un merecido al antipático y estúpido jefe de la agencia de modelos para la que trabaja, el Sr. Growley (Charles Lane).

Con una falta de sutileza desarmante, la trama se reduce a partir de este momento al ridículo romance que se establece entre Kitty y Richard (la escena en la cuál ella se pone sólo las medias delante de la chimenea para que él vea lo atractiva que es resulta tan sensual como bochornosa: que haya querido hacerse invisible no quiere decir que sea fea), así como a los no menos ridículos intentos de un grupo de mafiosos establecidos en México para hacerse con el invento para permitir que su jefe, Blackie (Oskar Homolka, 1898–1978) pueda hacerse invisible para volver a los Estados Unidos, país en el que no puede volver a poner los pies. Liderados por Vozarrón (Charles MacBride, 1889–1957), los secuaces de Blackie conseguirán traer la máquina hasta la guarida de su jefe, aunque de camino olvidarán la inyección previa, sin la cuál los resultados del aparato son totalmente imprevisibles (de hecho, lo único que hace es cambiar la voz de la persona expuesta por una voz de pito insoportable). Así, deberán volver otra vez a los Estados Unidos para secuestrar al Profesor Gibbs y de paso también a Kitty, aunque Russell y su criado se lanzarán desesperadamente al rescate.

El único elemento de interés de la propuesta, pues, como ocurre con la mayoría de producciones norteamericanas de serie B del período clásico, radica en la deliciosa galería de personajes secundarios, entre los cuáles destacan el propio Profesor Gibbs, prototipo perfecto del sabio ensimismado y más especialmente el criado de Russell, George, quién tiene los mejores diálogos de la función

La segunda mitad de ‘La mujer invisible’, como se desprende de un argumento tan delirante como en el fondo insípido, carece de verdadera gracia e incluso de progresión dramática: la trama tira por el camino más previsible en un soso clímax final en la guarida del clan mafioso, en el cuál Kitty –superado el efecto de invisibilidad, puede hacerse invisible en cualquier momento sólo con beber un poco de alcohol– acabará dejando inconscientes a todos los gángsters. Remata el conjunto un epílogo no menos soso en el que se nos muestra a la feliz pareja, ya unidos en matrimonio, con su hijo recién nacido, que al parecer ha heredado la capacidad de hacerse invisible de su madre (al frotarlo con alcohol, el bebé desaparecerá ante los atónitos ojos de los padres). El único elemento de interés de la propuesta, pues, como ocurre con la mayoría de producciones norteamericanas de serie B del período clásico, radica en la deliciosa galería de personajes secundarios, entre los cuáles destacan el propio Profesor Gibbs, prototipo perfecto del sabio ensimismado y totalmente alejado de la realidad, tan bondadoso como ingenuo, y más especialmente el criado de Russell, George, quién tiene los mejores diálogos de la función –¿Le gustaría no tomar una taza de té?– y también las mejores escenas, aunque a falta de otros recursos humorísticos los guionistas le otorgan demasiada presencia en la acción y sus acciones y reacciones al final acaban resultando repetitivas y aburridas.

Autor: Pau Roig
Fuente: http://www.judexfanzine.net

Completamos, por fin, el ciclo de la Universal dedicado a la invisibilidad. Esta es, sin lugar a dudas, la más floja de la saga (si podemos llamarla así). Una floja comedia que, a pesar de todo, entretiene. “Plan 9” se emborracha de invisibilidad.

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